Dublín

Dublín, capital de Irlanda, es una de las capitales más pequeñas de Europa, pero sus pubs, atracciones o simplemente sus gentes, la hacen sin duda una de las ciudades más vibrantes y divertidas del continente. Se suele decir de ella que es tan amigable como un pueblo y tan íntima como un pub. Poca gente he visto yo que haya hablado mal de ella.

Os propongo como aprovechar un día y medio en la ciudad, donde obviamente hay que dejar para otra ocasión algunas de la atracciones más conocidas.

¿Dónde dormir?

Nos alojamos en el Isaacs Hostel, el más popular de la ciudad según www.hostelworld.com, por poco más de 15 € por persona en habitaciones compartidas.

Está muy bien ubicado, cerca de la  calle O’Connell Street, pudiendo ir andando al centro. Hay bastantes zonas comunes, como sala de lectura, sala de juegos o cocina para prepararte tu propia comida. El ambiente era muy bueno y encima el desayuno, aunque muy básico, también estaba incluido. Así que un 10 para el hostel.

No obstante, Dublín cuenta con una gran oferta de hostels y los precios no suelen variar mucho.

Historia

Antes de empezar con las atracciones, es necesario, aunque de forma muy breve, conocer la historia de esta ciudad y en general del país de Irlanda. De  esta forma se podrá entender de donde viene el carácter de los irlandeses, sus tradiciones y su “odio” a Inglaterra.

El origen de la ciudad se remonta sobre el año 800 con la llegada los vikingos, pero siglos antes ya había pequeños asentamientos celtas. Fue en el siglo V cuando San Patricio implantó el cristianismo, evangelizando a la población con la ayuda del “shamrock”, el famoso trébol de 3 hojas. Así que si visitáis Dublín en el día de San Patricio, ya sabéis lo que se celebra.

Desde ese momento, el cristianismo marcará el camino de país.

En la Edad Media, las cosas se empezaron a poner feas para Irlanda debido a la influencia de Inglaterra. Éstos, poco a poco fueron quitándole la autonomía al país y el protestantismo fue impuesto a la fuerza, quedando los católicos relegados a los estatus más bajos de la sociedad.

Fueron siglos de revueltas contra la dominación británica, una dominación que llegó a ser total; y para más inri, en 1845 comenzó la “Gran Hambruna”, en el que un hongo (de Inglaterra) destruyó las cosecha de patatas. Entre los que murieron y los que emigraron (sobre todo a EEUU), la población del país se rebajó a la mitad, población que nunca se ha llegado a recuperar.

Bajo esta situación, llegamos a principios siglo XX, cuando el partido Sinn Féin lideró una sublevación contra Inglaterra en 1916, proclamando la República de Irlanda. Esto originó una cruel guerra civil que terminó dividiendo la isla en dos Estados, las actuales Irlanda del Norte y República de Irlanda.

Puesto ya al día, es hora de recorrer la ciudad.

O’Connell Street

El primer día solo contaríamos con la tarde, ya que por la mañana estuvimos recorriendo la vecina Howth. Ya de vuelta, lo primero que nos encontramos fue con una de las calles más importantes de la ciudad: O’Connell Street.

Tanto la calle como la zona está repleta de tiendas y sus amplias avenidas siempre a están a rebosar de vida.

Desde el 2003, la estrella de la calle es The Spire, una gran aguja de 120 metros de altura y considerado como el monumento más alto del mundo.

Otro edificio importante de la calle es el edificio de Correos, lugar en el que se proclamó la República de Irlanda durante la sublevación de 1916.

Ha’penny Bridge

Llegando al final de la calle O’Connelly, llegamos al río Liffey, obligado a cruzarlo por el puente más famoso de la ciudad: el Ha’penny Bridge. Un precioso puente blanco de hierro forjado que durante muchos años había que pagar un peaje de medio penique para cruzarlo, dándole el nombre por el que todo el mundo lo conoce.

Construido en 1816, fue el primer puente que cruzaba el río y siguió siendo el único peatonal hasta el año 2000, cuando se inauguró el Millenium Bridge.

Es el lugar más romántico de la ciudad y sin duda uno de los mejores puntos para contemplar el atardecer, si las nubes te lo permiten, claro.

Nosotros volvimos tanto para el atardecer como por la noche. 🙂

Trinity College

Nada más cruzar el río, nos dirigimos a la universidad más antigua de Irlanda y una de las más conocidas del mundo, el Trinity College.

Fue fundada en 1592 por la reina Isabel I y durante estos siglos importantísimas figuras han pasado por sus aulas, como por ejemplo los escritores más famosos de Irlanda: Oscar Wilde, Samuel Beckett o Bram Stoker.

Puedes darte un paseo por sus jardines (es gratis), entrando como si fueras  un universitario más y dejando atrás el bullicio de la ciudad. Justo en medio de la plaza principal, se encuentra el campanario, el cual puedes cruzarlo por algunos de sus arcos. Pero ojo, como lo hagas cuando suenen las campanas, te veo en Septiembre recuperando los suspensos. 🙂

Justo al lado del campanario, hay una estatua del rector George Salmon, que durante su etapa no permitió que la mujeres accedieran a la universidad, así que una de la tradiciones es que la mujeres se burlen de él frente a su estatua.

La estrella de la universidad es su Antigua Biblioteca, con su “Long Room” que bien merece una visita. Aquí cientos de estanterías de madera repletas de libros se suceden una tras otra. Además, encontraremos el arpa más antiguo de Irlanda, símbolo del país y acuñado en las monedas de Euro, así como el Libro de Kells, un manuscrito del año 800 y posiblemente el libro mejor conservado de la época medieval.

Nosotros no entramos en la biblioteca ya que vimos el precio de la entrada un poco alto: 9€. No obstante, si te gusta la literatura, seguramente merecerá la pena.

Estatua de Molly Malone

Aquí entramos en la parte “kitsch” del viaje, hacerse la típica foto con la estatua de Molly Malone, muy cerca del Trinity College.

Pero, ¿quién es esta personaje tan famosa y que le ha dado nombre a tantos pubs a lo largo del mundo? Simplemente es la protagonista de la canción popular que se ha convertido en el himno no oficial de Dublín. En ella se cuenta la historia de una hermosa pescadera, con fama de prostituta, que vendía mejillones y berberechos, pero que murió de fiebre en plena calle. No hay evidencia de que haya existido, pero según las creencias, se dice que su espíritu deambula todas las noches por las calles de Dublín.

Así que ya sabes, aprende la canción antes de ir a Dublín y así podrás ser el alma de la fiesta si se da la ocasión, que aquí son de cantar mucho.

Temple Bar

Este pequeño barrio de calles adoquinadas, concentra numerosos pubs y restaurantes, siendo el centro de la vida nocturna y aunque sea un poco turístico, te encantará.

Si hay un pub que sobresalga por encima del resto es el que lleva el mismo nombre de barrio, Temple Bar.

La eterna cuestión es quién le da nombre a quién, ¿el pub a la calle o la calle al pub?  Puedes debatirlo mientras te tomas una buena pinta de Guinness (si te gusta, claro), aunque ya te adelanto que el nombre viene de antes, ya que en 1600 un tal Sir William Temple adquirió estos terrenos.

“¿Hambriento? Le alimentaremos. ¿Sediento? Le emborracharemos. ¿Cachondo? No hay problema.”

Lo más importante es encontrar un hueco dentro de algún pub para vivir auténticas experiencias irlandesas.

Pasarás por aquí sí o sí.

Nosotros terminamos el día por éstos pubs, pero nos fuimos pronto para la camita ya que el día siguiente prometía.

Phoenix Park

Comenzamos el día con algo fuerte, recorrer en bicicleta el interminable Phoenix Park, un parque de más de 700 hectáreas, uno de los más grandes de Europa.

No esperes el típico parque con exuberante vegetación, como por ejemplo los de Londres, éste se parece más un bosque y con impresionantes llanuras de un césped que parece una alfombra. Podríamos decir que es como la Casa de Campo de Madrid.

Justo en la entrada principal del parque (Conyngahm Road), hay un pequeño puesto de alquiler de bicicletas. Con un par de horas (2,5 €/hora) es suficiente para ver buena parte del parque.

¿Qué podemos encontrar en el parque?

Lo primero que verás es el gigantesco obelisco en honor al Duque de Wellington, una mole de cemento de 63 metros de altura.

Adentrándonos más en el parque, se llega a divisar la casa presidencial de Irlanda, el  Áras an Uachtaráin, con un toque muy  similar a la “Casa Blanca”. Muy cerca de ella, también está el Zoo de la ciudad.

Y ya casi en el centro del parque, en una gigantesca pradera, la Cruz del Papa (Papal Cross), visible casi desde todos los puntos del parque.

En 1979, más de 1 millón de personas se congregaron aquí para asistir a una misa del Papa Juan Pablo II.

Pero si hay un estrella del parque, son sus habitantes, varias manadas de ciervos que campan a sus anchas por todo el recinto.

Tan acostumbrados están a lo turistas, que apenas se inmutan con tu presencia.

La experiencia me encantó y sin duda lo recomiendo para pasar una mañana y más si es en un día soleado como el que nos tocó disfrutar.

Merrion Square

Volvemos al centro de la ciudad para seguir descubriendo bellos rincones, como el parque de Merrion Square. En toda la zona, podemos encontrar las típicas casas de estilo arquitectónico  “georgianas”, tan frecuentes en Inglaterra. Éstas casas suelen tener la puerta de color negro, pero en Irlanda son de colores, ¿por qué? Pues ya conociendo a los irlandess que son muy de leyendas, tenemos varias.

La primera y la más conocida cuenta que un irlandés, que solía beber mucho, en una de esas noches volvió a su casa  y encontró a su mujer con otro hombre, matándolos a los dos. A la mañana siguiente, cuando se despertó, se dio cuenta de que había matado a sus vecinos por equivocación. Por ello, todo el mundo decidió pintar las puertas de sus casas de colores chillones y diferentes a la de sus vecinos, vaya a ser que se volviera a confundir.

La segunda, es algo más lógica, y es que la reina Victoria de Inglaterra, al morir su marido, mandó pintar todas la puertas de negro en señal de luto. ¡Los irlandeses hicieron justo lo contrario!

Aunque seguramente, la verdadera razón sea la de romper con el gris plomizo que suelen tener en esta ciudad, poniendo algo de color en sus calles.

Guinness Storehouse

Ponemos punto y final con el que es seguramente la atracción más visitada de Dublín, la fábrica de la cerveza Guinness.

Sí, que es una turistada, pero que os puedo decir, a mi me encanta el programa de “así se hace” del Discovery Channel. 🙂

Hasta 1988 se estuvo fabricando cerveza en este mismo lugar, quedando en deshuso hasta el año 2000, cuando aprovecharon la antigua nave de fermentación para montar este espectacular museo.

Solo al entrar ya te sorprenden los 7 pisos de altura, que en conjunto representan a una gran pinta de cerveza.

El precio de la entrada son 19 € (un poco cara) o 13 € si eres estudiante e incluye una consumisición y una audioguía en tu idioma, que te va explicando cada una de las fases de la elaboración de la cerveza.

Te cuentan algunas curiosidades  como por ejemplo el logo, un arpa que registraron antes de que se convirtiese en el símbolo del país y por ello en las monedas o banderas tienen que ponerlo al revés; o el libro de récords Guinness, que comenzó por una discusión amistosa del entonces director de la empresa en el que se preguntaban que pájaro de caza era más rápido.

Ya, en lo pisos superiores, se entra en materia, primero con una cata, en el que uno toma contacto con la cerveza intentado sacar lo distintos sabores.

Luego, puedes convertirte en un auténtico tirador de cerveza.

Ojo, no es tan fácil como parece, y hace falta dos minutos para tirar una buena pinta de Guinnes. Si lo haces bien, diploma al canto. 🙂

Por último, la mejor parte del museo, el Gravity Bar, un bar-mirador para disfrutar de la consumición que incluye la entrada con unas vistas 360º de toda la ciudad.

Nosotros para no variar, contemplamos el atardecer desde aquí. 🙂

Como anécdota, a Lorena no le gusta la Guinness, así que decidimos dejar una para el bar y otra para aprender a tirarla. Gastamos primero la del bar y cuando fuimos a por la otra, nos dejaron a los dos participar. Conclusión: pinta extra gratis. Con tres pintas os podéis imaginar cómo salí de allí, un poquitín perjudicado, jejeje.

No se podía poner mejor broche al viaje por una tierra que engancha y un buen rollo que se contagia nada más entrar en esos pubs de madera tan acogedores. Atrás dejamos visitas obligadas como son la Cárcel de Kilmainham, la Destilería de Jameson, los museos y muchas cosas más, pero un día y medio no da para más.

Sólo se una cosa, ¡volveremos!

Todas las fotos en su álbum de Flickr.

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